En el corazón del Parque Rural de Anaga, en Tenerife, se encuentra el caserío de El Draguillo, un lugar que parece detenido en el tiempo. A solo veintinueve kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, este pequeño poblado ofrece un contraste radical con la vida urbana, donde la naturaleza y la tranquilidad son los protagonistas. El acceso a este rincón remoto no es fácil; se requiere atravesar una carretera serpenteante que desafía a los conductores y a los visitantes. Sin embargo, una vez que se supera el túnel que conecta con Taganana, el paisaje cambia drásticamente, revelando un mundo donde la biodiversidad y la cultura rural coexisten en armonía.
La llegada a El Draguillo es una experiencia única. A medida que se avanza por la angosta pista de tierra, se pueden observar las construcciones escalonadas que conforman el caserío. Este lugar, que alberga alrededor de treinta viviendas, ha sido testigo de la vida de sus habitantes durante generaciones. Entre ellos se encuentra Hipólito González Sosa, conocido como Polo, quien ha sido el guardián del caserío durante muchos años. Polo ha vivido aquí toda su vida y ha visto cómo el lugar se ha ido despoblando con el paso del tiempo. Su historia es un reflejo de la lucha por mantener viva la tradición y la cultura de esta zona.
### La Vida en El Draguillo: Desafíos y Resiliencia
La vida en El Draguillo no es sencilla. La falta de servicios básicos como electricidad y agua potable ha sido un desafío constante para sus habitantes. Aunque algunas casas cuentan con placas solares, la mayoría de las viviendas dependen de la luz natural y de la generosidad del clima. La llegada del agua potable hace apenas cuarenta años marcó un hito en la historia del caserío, que anteriormente dependía de camiones para abastecerse. Sin embargo, las lluvias intensas y los desprendimientos de tierra son una amenaza constante, que a menudo deja a El Draguillo incomunicado.
Polo, con sus manos callosas y su mirada sabia, cultiva papas y hortalizas en sus tierras. A pesar de los riesgos que conlleva el cultivo en un terreno tan abrupto, su dedicación y amor por la tierra son evidentes. «En los últimos veinte años, hemos tenido al menos cuatro lluvias potentes que han causado estragos», comenta Polo, mientras observa el paisaje que lo rodea. La naturaleza, aunque hermosa, puede ser implacable, y los habitantes de El Draguillo han aprendido a adaptarse y a vivir en armonía con ella.
La llegada de nuevos vecinos ha traído un aire fresco al caserío. Kateřina Honců, originaria de la República Checa, se ha convertido en la primera nueva residente en casi medio siglo. Junto a su pareja, decidió establecerse en El Draguillo después de descubrir la belleza de Anaga durante la pandemia. Su historia es un testimonio de cómo la vida rural puede atraer a personas de diferentes partes del mundo, buscando un estilo de vida más conectado con la naturaleza.
### La Comunidad de El Draguillo: Un Vínculo entre el Pasado y el Futuro
La comunidad de El Draguillo es un reflejo de la diversidad cultural y la resiliencia de sus habitantes. A pesar de las dificultades, los lazos entre los vecinos son fuertes. Begoña Cruz, quien alterna su vida entre La Laguna y El Draguillo, comparte su experiencia de vivir en este lugar. «Cada vez que tengo días libres, vengo aquí para desconectar y disfrutar de la tranquilidad», dice Begoña, quien trabaja como guarda forestal en el Parque Nacional del Teide. Su esposo, José Martín Guillén, también comparte su amor por el caserío, donde tienen gallinas y un conejo, y sueña con jubilarse para vivir aquí de manera permanente.
Las historias de los vecinos son variadas y enriquecedoras. La casa de Rosa, por ejemplo, es un símbolo de la vida en El Draguillo. Su toalla del hospital ha estado al sol durante casi un año, un recordatorio de los desafíos que enfrentan los residentes mayores. Argelia, otra vecina de avanzada edad, ha tenido que ser rescatada en varias ocasiones debido a la falta de acceso durante las lluvias. Estas experiencias destacan la necesidad de mejorar la infraestructura y los servicios en la zona, un tema recurrente en las conversaciones entre los habitantes.
El Draguillo, con su belleza natural y su rica historia, es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. La vida aquí es un constante recordatorio de la lucha por la supervivencia en un entorno desafiante. Sin embargo, la llegada de nuevos residentes y la perseverancia de los antiguos habitantes ofrecen una esperanza renovada para el futuro del caserío. A medida que más personas descubren la magia de Anaga, El Draguillo podría convertirse en un ejemplo de cómo la comunidad y la naturaleza pueden coexistir en perfecta armonía, preservando la cultura y el legado de esta hermosa región de Tenerife.
