En el mundo de la Sanidad se ha mitificado, con razón, la existencia de superbacterias hospitalarias resistentes a todo tipo de antibióticos, capaces de acabar con la vida de cualquier paciente.

Se ha creado toda una mitología sobre estas bacterias asesinas y del peligro de contagiarse con ellas. La sociedades, como los cuerpos humanos, también pueden ser invadidas por infecciones potencialmente capaces de causarles la muerte. Primero debutan con unos pequeños cuadros febriles -la pérdida de la moderación, el aumento de la agresividad verbal y la descalificación ajena pero en cuestión de poco tiempo se produce una sepsis, una infección generalizada que acaba con los órganos e instituciones vitales.

Tenemos el perfecto ejemplo de Gran Bretaña, una democracia enormemente sana, con una larguísima tradición y solera.

Hace no demasiados años empezaron a surgir voces radicales que defendían el endurecimiento de las fronteras frente a la inmigración laboral, que clamaban porque se les estaba robando el pan y el trabajo a los nacionales, que reclamaban la grandeza del imperio perdido y que sobre todo eso construían un mensaje político de hostilidad a todo lo existente. De ese caldo de cultivo surgieron los líderes que han conducido a la ruptura con Europa.

La Unión Europea es una poderosa máquina burocrática que funciona veinticuatro horas al día los trescientos sesenta y cinco días del año. Los líderes de la UE, los miembros de la comisión y del Parlamento, son la pequeña parte que aflora de un gran iceberg que permanece sumergido: miles de funcionarios y trabajadores que convierten Bruselas en un hormiguero donde se celebran miles de reuniones, intercambios de informes y negociaciones. Son esos miles de trabajadores los que construyen los acuerdos que luego se hacen visibles ante los medios de comunicación.

Esa Unión ha hecho un último esfuerzo para echar una mano a un país antaño famoso por su serenidad, su prudencia y su firmeza, pero que parece hoy instalado en el egoísmo, la improvisación y las pasiones. El populismo extremista se ha convertido en la bacteria necrosante de la democracia británica. Han bastado unos pocos años para que una sociedad sana se encuentre absolutamente dividida y con una clase política incapaz de solucionar los problemas de la gente porque se han instalado en su propia supervivencia. La infección se extendió sin que nadie lo notara, sin que nadie pudiera impedirlo. Y sus efectos son espantosos.

Bruselas ha echado mano de todo su arsenal de paciencia y de imaginación para intentar dar un último balón de oxígeno a Theresa May, la primera ministra británica. Hay un primer plazo que vence en abril. Pero requiere que el Parlamento británico apruebe el plan del Gobierno. Y si no es así, la paciencia de la UE se habrá terminado y previsiblemente se producirá un brexit sin acuerdo, una mala salida sin acuerdo que convertirá a Gran Bretaña ante la Unión Europea en un país tercero.

¿Eso tendría consecuencias? Desde luego que sí. Hay previsiones bastante pesimistas de una importante caída en la economía británica y de un serio frenazo en las previsiones de crecimiento de la Unión. La experiencia nos ha enseñado que nuestras sociedades son capaces de recuperarse de las peores situaciones y creo que Europa -y Gran Bretaña- superarán las turbulencias en pocos años. Pero las habrá y muy poderosas.

En los dos años que siguieron al referéndum del brexit, las expectativas de crecimiento del PIB británico se situaron dos puntos por debajo de las previsiones que tenía hechas el Banco de Inglaterra. El Fondo Monetario Internacional ha advertido de las consecuencias "nefastas" de la salida para la economía británica, con una fuerte caída en el valor de la libra, el aumento de la inflación y una restricción de los salarios de los trabajadores que reducirá el crecimiento del país. El Banco de Inglaterra ha anunciado una caída del PIB superior a cinco puntos y que el desempleo en torno al 4% podría llegar a superar el diez por ciento.

La pérdida de un mercado de sesenta millones de personas también será mala para la Unión Europea que perderá también un socio estratégico en el peor momento: una guerra comercial entre Estados Unidos y China que está afectando a Europa. Y sobre todo será muy mala para los dos millones doscientos mil europeos que vivimos en Canarias y para los miles de ciudadanos británicos que viven en nuestro país.

Un tercio del turismo que recibimos es de procedencia británica. Más de cinco millones de visitantes al año y una facturación cercana a los seis mil millones de euros. Sólo con decir estos datos se puede deducir el alcance y la importancia para nuestras islas de las decisiones que se están tomando en estos momentos. Es obvio que no está en nuestras manos decidir lo que va a pasar y que lo que único que podemos hacer que hemos hecho es proponer medidas para reducir daños: algunas se han aceptado y otras no. Pero para saber a lo que nos enfrentamos es necesario que se tome ya una decisión.

La UE parece haber llegado a la misma conclusión. Peor que la salida misma de Gran Bretaña es continuar viviendo con la amenaza sin consumar. Por eso creo que estamos llegando a las últimas horas de un largo y complicado proceso. La bacteria asesina de la demagogia y de los extremistas, ha causado su primera gran víctima en Europa. Pero la infección sigue invadiendo sociedades sanas como Italia o Francia o nuestro propio país en donde todo se ha vuelto insulto, descalificación y radicalidad.

El brexit va a ser muy malo para nosotros, si finalmente se produce sin acuerdo. Haremos frente a sus consecuencias cuando finalmente sepamos su resultado. Pero lo que de verdad nos puede infectar irremediablemente --como a los británicos-- es el populismo. Los que se aprovechan de algo va mal para decir que todo va mal. Los que dicen que todos son malos, inútiles e incompetentes, menos ellos. Los que critican todo, pero nunca solucionan nada. Los que ensucian y enfrentan y no hacen nada más que contaminar a la sociedad con insultos y descalificaciones. A todos esos les deberíamos hacer un 'exit' sin negociaciones para curarnos de una infección que sí nos puede matar.

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