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Hace tiempo que se acabó el trabajo para toda la vida. Los jóvenes que hoy inician su vida laboral no terminarán jubilándose en las empresas en las que hacen, con toda la ilusión del mundo, sus primeras prácticas. Los empleos que desempeñarán irán transformándose: tendrán que actualizar lo que estudiaron en FP o la universidad para adaptarse a las nuevas realidades. Lo sabemos desde hace tiempo, pero aún así esos vertiginosos cambios, que ya advirtió Zygmunt Bauman hace cerca de dos décadas, nos asustan. El sociólogo, que falleció el año pasado, acuñó un término, "modernidad líquida", con el que explicó que habíamos entrado en un mundo más provisional, en una sociedad en la que nada permanece y todo se transforma. No pudo definir mejor algo que ya era imparable y que sería inherente a la sociedad del siglo XXI. Pero, ¿cómo queremos que sea esa metamorfosis que ya está produciéndose?

Hace unos días la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebró sus cien años de vida con un simposio internacional en La Palma. En el encuentro, en el que participaron más de 30 expertos iberoamericanos, se habló mucho del futuro del trabajo, que, teniendo en cuenta la velocidad de nuestras vidas, es lo mismo que hablar del presente.

Sabemos que todo lo que pueda hacer un algoritmo lo hará y que la robotización eliminará muchos puestos de trabajo, pero, también, que nada es malo o bueno por sí mismo. La tecnología nos hace más libres, mejora el acceso a la información, nos ayuda a luchar contra la manipulación.

Si millones de personas en el mundo se están moviendo es, quizás, porque hoy saben más que antes, y porque están convencidas de que no está escrito en ningún sitio que deban sobrevivir en condiciones inhumanas cuando en otros sitios se vive mucho mejor. Lo vemos estos días en Latinoamérica, con la marcha de los hondureños, o con los inmigrantes que se suben a barcazas para llegar a nuestras costas.

Los avances científicos permitirán que nazcan otros empleos que ni imaginamos. Surgirán nuevas profesiones al calor de la transición ecológica, el envejecimiento de la población y los continuados flujos migratorios. Ya lo dijo el propio director en España de la OIT, Joaquín Nieto, durante su estancia en nuestras islas: en todas las revoluciones industriales que han acontecido se han creado más puestos de trabajo de los que se han destruido y nunca antes se había registrado un número tan elevado de personas trabajando en el mundo. Gracias a esas revoluciones, por ejemplo, las máquinas hacen hoy trabajos que antes hacía el hombre. Eso ha mejorado la seguridad laboral y ha reducido la cifra de fallecimientos.

Estoy convencida de que en cada transformación hay una oportunidad de avanzar. Necesitamos un sistema social robusto, que no deje a nadie en el camino -para lo que hemos acordado una reforma profunda de la Prestación Canaria de Inserción (PCI)- y un sistema educativo más ajustado a las demandas laborales, algo que se terminará de ensamblar con el nuevo Plan Canario de FP que acabamos de aprobar. También que la OIT siga avanzando y consolidemos elementos de negociación colectiva supranacionales. En otras palabras, una gobernanza global mayor y más eficaz.

En este contexto, Canarias no puede quedar ajena al debate sobre el futuro, y el presente, del trabajo, ni evitar algunas de sus consecuencias, pero sí anticiparse y estar en las mejores condiciones para afrontar los cambios que vienen.

Consejera de Empleo, Políticas Sociales y Vivienda del Gobierno de Canarias